El convento de San Antonio de la Cabrera

Recuerdos de un excursionista

     Durante los años 1979 y 1980 habíamos completado el proyecto de un Sendero de Gran Recorrido (SGR-10) que atravesaría la provincia de Madrid de Este a Oeste, desde el Pontón de la Oliva (conexión con los alcarreños) a San Martín de Valdeiglesias, por donde seguiría hacia tierras de Ávila, como parte de otro proyecto mucho más ambicioso, el GR-10, que uniría en el futuro la costa mediterránea de Valencia con Lisboa.

       Con un reducido grupo de amigos y familiares estábamos trabajando en la prospección del posible itinerario, y, “arrimando el ascua a nuestra sardina”, intentando que fuera lo más posible cerca de la Sierra. La búsqueda de caminos aptos para “tout le monde”, como dicen los franceses, la medición de las distintas opciones con ayuda de un “trumeter” y la señalización con marcas de pintura rojas y blancas de los GR´s europeos, suponían un trabajo mal comprendido por la sociedad de entonces, como cosa de chiflados.

     Corría el mes de diciembre de 1981. Equipados con ropa de invierno, con los mapas en la mochila y trumeter en mano, estábamos explorando posibles caminos para enlazar Bustarviejo con Valdemanco y la Cabrera. De Bustarviejo a Valdemanco la opción mejor era la de seguir la cañada que discurre al pie del Mondalindo. Desde Valdemanco ganamos altura por la estribación que sube hacia el Cancho Gordo y tras recorrer una breve meseta por encima del peñascal de la Maleza, comenzamos a perder altura entre matorral y peñascos hacia el convento de San Antonio, llegando a una charca a modo de pequeña presa, de la que salía una tubería hacia el convento.

Ángel con trumeterPuerta pequeña

     

      Enseguida alcanzamos un senderillo horizontal y llegamos ante la entrada del convento. El portalón, de cuarterones de madera con gruesos clavos negros, estaba cerrado, como siempre lo habíamos encontrado. Todavía se podían ver los dos berruecos a ambos lados de la entrada, las bolas de piedra sobre pequeños pináculos encima del muro, el escudo con la pequeña cruz de piedra encima, el esbelto ciprés y la cruz de piedra con bolas rematando sus brazos a la izquierda, el camino de acceso de tierra y gravilla apisonada. Aprovechando el descanso que hicimos allí mismo, saqué mis trebejos de tomar notas, gastando unos minutos en hacer un rápido apunte de la entrada del convento, que más tarde, en casa, pasaría a limpio.

Antes de los destrozosPortalón destrozado

 

 

 

 

 

 

 

Antes de los destrozos …                                                … y después

       Después, bajando por el pinarillo y por Villa Dori llegamos fácilmente a la Cabrera. En aquella ocasión hicimos algo más de nueve kilómetros en unas tres horas (de 10:27 a 13:36 h, según consta en mis cuadernitos de excursiones), aunque posteriormente el tramo de Valdemanco al convento no discurriría por aquel camino, sino por otro más abajo, que pasaba por el amplio collado que separa el cerro de la Cabeza de la mole del Cancho Gordo.

       Durante algún tiempo estuvimos muy ocupados buscando cómo enlazar caminos para ir completando el GR-10 a su paso por Madrid, midiéndolos y señalizándolos, pero con cierta frecuencia volvimos a patear la zona de la Cabrera. Así, el 3 de febrero de 1985 subimos de Valdemanco por la vaguada del arroyo de Albalá, al pie de la Torre de Valdemanco, hasta la peña del Tejo, y de allí al collado del Alfrecho, para bajar por la ladera sur al camino del convento y volver de nuevo a Valdemanco, pasando una vez más por delante de su entrada. Otro día, en marzo de 1986, con mi mujer, y otro matrimonio de viejos amigos y compañeros de aventuras, José Solé y Ana Murall, nos encaminábamos desde la Cabrera al castro de la Cabeza, subiendo por el camino del convento de San Antonio. Al pasar cerca de la puerta del recinto del convento, nos acercamos para ver cómo seguía y nos encontramos con una desagradable sorpresa. La entrada, que tan bien conocíamos, presentaba un penoso aspecto de deterioro y destrozo. El ciprés de la izquierda estaba partido a media altura, el crucero roto y caído por el suelo, las puertas de madera abiertas y medio chamuscadas. Del interior salían voces y cánticos desagradables, con gran follón y ruido. Pensando que podría tratarse de vagabundos “ocupas”, quizá drogadictos expulsados de Madrid, gamberros, e incluso de posibles delincuentes, y ante el temor de un mal encuentro nos alejamos rápidamente del lugar, no sin antes tomar nota de los destrozos visibles en la entrada. Y desde lejos hice algún apuntillo del convento. Completamos nuestra excursión por el castro de la Cabeza sin problema alguno, y al volver pasamos sigilosa y rápidamente por la zona del convento.

     San Antonio y el Cancho Gordo Aprovechando unas vacaciones de Navidad, el 3 de enero de 1987, MSol y yo, esta vez solos, decidimos subir al convento de San Antonio para ver si podíamos entrar y hacer algunos dibujos de los edificios, antes de que los destrozos hiciesen desaparecer algunos detalles. Afortunadamente, en esa ocasión estaba abierto y totalmente abandonado, de manera que nos atrevimos a traspasar el portalón y pasar dentro, para ver los edificios que hasta aquél momento no conocíamos. Hacía mucho frío. En los edificios y su entorno encontramos grandes destrozos producidos por el vandalismo humano y no por el paso del tiempo. Las puertas de la entrada estaban rotas y quemadas, así como parte de la gran escalera de madera de la vivienda. Habían roto todos los cristales visibles, incluso alguna pared de ladrillos de cristal en la zona trasera, que daba a la piscina. Se veían levantadas las lápidas de los enterramientos de la iglesia, quizá en busca de inexistentes tesoros o por simple maldad. En el ábside del lado izquierdo un pasillito estrecho llegaba a una habitación pequeña cuyo techo estaba totalmente hundido.

Desde el cerro de la Cabeza     Se veían también destrozos en una nave de ladrillo que había detrás, junto a la piscina, a su vez llena de basura. La escalerilla de la torre de la iglesia con la barandilla casi desaparecida. Y muchos destrozos en el interior del edificio principal, paredes, señales de fogatas, basura por todas partes.

      Hice rápidamente unos dibujos de algunos detalles, en el interior y sobre todo en los jardines del exterior y la entrada, y trate también de hacer una especie de plano o croquis del conjunto. Y sin entretenernos demasiado, antes de que apareciese por allí nadie, ni buenos ni malos, pusimos pies en polvorosa y volvimos a la Cabrera y a casa.

 Unos días más tarde, el 24 de enero de 1987, con MariSol, Belén y otras veinte personas de Amigos de la Sierra, hicimos parte del GR-10, ya señalizado, desde Valdemanco a Bustarviejo y Miraflores, pero no nos atrevimos a ir por San Antonio, por si seguían allí los drogadictos.

     Estábamos preparando una travesía más larga del GR-10, de varios días de duración, para la Semana Santa de ese mismo año. Como parte de aquella misma preparación, en abril de 1987 con Marisol y otras cinco personas, recorrimos el tramo de Torrelaguna a la Cabrera, por el barranco de San Vicente y la finca de San Cayetano, para revisar un itinerario que nos había costado varios intentos completar. Finalmente, en la Semana Santa de 1987, los días 16 al 19 de abril, hicimos la esperada travesía con la Asociación de Amigos de la Sierra. La travesía consistió en seguir el GR-10, recien señalizado, desde Patones a Cercedilla, pasando por Torrelaguna, la Cabrera, convento de San Antonio, Valdemanco, Bustarviejo, Miraflores, el Berrueco, collado de la Dehesilla, el Tranco, Manzanares el Real, Mataelpino y Navacerrada. Pernoctamos en la Cabrera, en Miraflores y en Manzanares el Real. Participaron cuarenta personas de Amigos de la Sierra, entre los que se encontraban Marisol de Andrés, mi mujer, y Belén, nuestra hija pequeña, y al menos treinta participantes completaron todo el recorrido. Al paso por el convento dedicamos un buen rato para visitarlo y que todos pudieran observar los destrozos producidos por los desaprensivos, que seguían progresando, desapareciendo cada vez más y más cosas.

  ABC

      En el diario ABC de Madrid del 13 de septiembre de 1987 apareció un artículo sobre la creciente ruina del convento de San Antonio, acompañado de fotografías en las que se mostraba el enorme deterioro de los edificios. En enero de 1988, con MariSol, Belén y otras once personas de Amigos de la Sierra, subimos nuevamente desde la Cabrera al monasterio, cada vez más destrozado. Ya no estaban los berracos, ni la cruz del escudo, ni las bolas. Seguimos al castro de la Cabeza, y, en vez de volver por el convento, bajamos directamente a Roblellano, para volver por abajo a la Cabrera. Fue un día bastante frío.

      En la mañana del día de Navidad de 1988 Marisol, Belén y yo subimos desde Valdemanco al collado del Alfrecho, por la ladera norte, y al Cancho Gordo. Y el 9 de abril de 1989, otra vez Marisol, Belén y yo con José Solé y Ana, llevando a un grupo de excursionistas del Ateneo, volvimos a subir desde Valdemanco al collado del Alfrecho, para en esta ocasión recorrer entre espesa niebla la crestería de la sierra de la Cabrera hasta el pico de la Miel, y bajar a pico por la portilla occidental de dicha cumbre a la Cabrera.

      Los días 24 y 25 de junio de 1989, con Belén y otras once personas de Amigos de la Sierra, repetimos en dos días buena parte de la travesía que habíamos hecho en la Semana Santa del 87, recorriendo el GR-10 desde la Cabrera a Valdemanco, Miraflores, el Berrueco, Manzanares el Real (sin pasar por la Pedriza) y Cercedilla. En los años siguientes, a veces solos y a veces acompañados, continuamos frecuentando esta pequeña pero bonita sierra de la Cabrera, recorriendo sus cresterías y rincones. Recuerdo una ocasión en la que subimos desde el camino del convento al collado del Alfrecho en un frío y helado mes de enero, celebrando en dicho collado el cumpleaños de Prisca, amiga y compañera de muchas salidas, que tuvo el humor de acarrear en su mochila la tarta y el champán habituales de estas ocasiones.

      En 1991 nos habíamos apuntado con nuestros amigos navarros de Amigos del Camino de Santiago, para hacer en las vacaciones de verano la segunda parte de la vía de la Plata, de Cáceres a Astorga, en compañía de nuestros amigos de siempre José Solé y Ana Murall. Y para irnos entrenando, el día 15 de mayo los cuatro acordamos ir de un tirón desde la Cabrera a San Antonio, Valdemanco, Bustarviejo, Miraflores, Soto del Real y Manzanares el Real. Nuevamente pasamos por la puerta de San Antonio y tuve ocasión de tomar nota de los graves desperfectos que se observaban en la entrada, comparando con la que habíamos conocido años atrás.

     En los años siguientes haríamos, también acompañando a los navarros, los Solé y otros amigos cercanos, el camino de Santiago en dos veces, de Roncesvalles a León la primera vez, y de León a Santiago al año siguiente. Otro año, también en verano, repetiríamos el tramo de Logroño a León, para acompañar a otros amigos que les faltaba solamente esa parte. Y también en otra Semana Santa, un grupito de ocho amigos hicimos el trecho de Sevilla a Cáceres, sobre la Vía de la Plata.

      El 21 de noviembre de 1993 volvimos a pasar por la puerta del convento. En esta ocasión íbamos con un grupo de Montañeros Madrileños desde la Cabrera a Valdemanco y Bustarviejo, para desde allí subir por la torre de la Mina al collado Abierto, y por Cabeza la Braña al puerto de Canencia, donde nos recogería el autobús del Club. En mayo de 1995 todo parecía seguir igual, aunque daba la sensación de que alguien estaba intentando ocuparse de aquella ruina. Al parecer había vuelto a manos de los franciscanos, pero los destrozos de la entrada parecían ya irreparables.

      Mas tarde, no se en qué fecha, el monasterio pasó a estar regentado por religiosos de la orden de los “Identes”, que se ocuparon de restaurar los edificios, jardines y entradas al monasterio, mejorando notablemente el camino de acceso. Ya en los años 2000 hicimos buena amistad con Constantino, el prior del monasterio, y con otras personas de esta orden, con quienes tuvimos ocasión de compartir otras experiencias y de hacer varias excursiones por la sierra. Pero este sería ya otro cantar, que merecería una crónica aparte y, por supuesto, nuevos dibujos de cómo se encuentran ahora las instalaciones del convento, al que hemos acudido en diversas ocasiones con hijos y nietos.

Detalles 1ºDetalles 2º

Domingo Pliego Vega  (abril 2009)

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