EL GR-7 LLEGA A ANDALUCÍA

          Eran los años en los que estábamos involucrados en el desarrollo de los Senderos de Gran Recorrido. El sendero de gran recorrido GR-7, que prolonga el que desde Francia llega a España cruzando por Andorra, se había ido extendiendo a lo largo de Cataluña, el País Valenciano y Murcia, llegando finalmente a los límites orientales de Andalucía.

           En los primeros días de noviembre de 1995  un pequeño grupo de amigos, formado por Prisca y Soledad, acompañantes habituales de nuestras salidas semanales, Marisol y yo, nos trasladamos  Cañada de la Cruz, el último pueblo de Murcia por el que pasaba el GR-7, antes de entrar en Andalucía por la Puebla de Don Fadrique, donde estuvimos alojados para pasar un par de noches, para ser testigos de “la entrega del testigo”.  El mismo sendero cuya entrada en tierras de Murcia habíamos celebrado no hacía mucho en el Pinoso, llegaba ahora a otra comunidad y en el punto límite entre ambas regiones nos reunimos un nutrido grupo de senderistas procedentes de distintos lugares de la península, para celebrarlo. En el mismo lugar conectaba también con el GR-7 otro gran sendero, el GR-66, que, atravesando las tierras de Castilla la Mancha por la zona de Albacete y Nerpio, alcanzaba finalmente el mismo lugar.

         Como siempre, estas inauguraciones resultan muy gratificantes y se tiene ocasión de conocer a personas de gran valía, que llegarían a desempeñar papeles relevantes en el desarrollo del proyecto. En esta ocasión conocimos a Julio Perea, Delegado de Deportes de la Diputación de Granada, que se interesó muchísimo por el proyecto de los Senderos de Gran Recorrido y que, de hecho, fue después la locomotora que tiró del asunto en Andalucía, promoviendo los senderos y consiguiendo que el desarrollo de los mismos tomase en aquella comunidad unas dimensiones insospechadas, como corresponde a un territorio con tanta diversidad geográfica y natural y de tan enorme extensión.

           En las cercanías de la Puebla de Don Fadrique tuvimos  la  oportunidad  de  admirar  la imponente montaña de la Sagra y de ver un bosquete de sequoias de gran porte, introducidas sin duda, aunque no logramos saber por quién ni cuándo, pero bien arraigadas entre las arboledas próximas a la Sagra.

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