Recorriendo el río Lozoya

EL RÍO LOZOYA (1957)

 

      Nuestras “ideas” para hacer nuevos itinerarios de excursión no tenían fin en aquellos tiempos de juventud. A alguno del grupo se le ocurrió la idea de recorrer todo el río Lozoya, desde su nacimiento, más o menos oficial en la laguna de Peñalara, hasta su desembocadura en el Jarama, no muy lejos de Torrelaguna, zona por la que ya habíamos estado repetidas veces con motivo de la exploración y topografía de la cueva del Reguerillo.

     Ni cortos ni perezosos, en el otoño de 1957 un pequeño grupo de amigos (Hernanz, Solé, Barsi, Ribera y yo) decidimos hacer este recorrido. Nos trasladamos en tren hasta el puerto de Navacerrada y desde allí fuimos andando, no había otro medio, hasta la laguna de Peñalara, donde comenzamos este largo recorrido, que nos llevaría tres días de andar. Con más o menos dificultades, siguiendo siempre que era posible el cauce del incipiente río, bajamos hasta la Angostura y llegamos al Paular. No siempre podíamos ir por la orilla del río, pero al menos lo intentábamos donde podíamos.

       El primer día conseguimos llegar hasta El Paular, recorrer todo el valle del Lozoya y, más aguas abajo del pueblo de Lozoya, vivaqueamos cerca de la vía del tren, más o menos por donde dicha vía cruza el río Lozoya por el interesante viaducto de los diez y siete arcos de hormigón.

       El segundo día bordeamos el embalse de Riosequillo, llegando a Buitrago y aún seguimos el sinuoso trazado de la orilla sur del embalse de Puentes Viejas, del Tenebroso y del Villar, durmiendo por segunda noche poco más abajo de esta última presa, en una pequeña cabaña, más bien una cuadra de ganado, de la que saldríamos por la mañana especialmente aromatizados. Al día siguiente, aguas abajo del Villar, entramos en un profundo cañón, por donde el río hacía una serie interminable de meandros, que nos obligaban unas veces a vadearlo para ganar la orilla opuesta, y otras a remontar alguna ladera, cuando el agua llegaba al pie mismo de las paredes en la parte exterior de las curvas. En este tramo es donde se construiría años más tarde (en 1972) la presa del Atazar, bajo cuyas aguas quedó enterrado para siempre aquel profundo cañón.

       Tras una trabajosa travesía, llegamos a la vieja presa de la Parra, donde el terreno era ya más fácil, y poco más adelante dábamos vista a los acantilados de caliza que se levantan sobre la cubeta del Pontón de la Oliva. Por fin alcanzamos la presa del Pontón de la Oliva, en terreno ya mucho más familiar para nosotros, saliendo de los pasos estrechos a la vega donde, poco más adelante, el río Lozoya vierte sus aguas en el Jarama. Hasta aquí habíamos recorrido algo más de cien kilómetros en tres días, pero aún tuvimos que hacer otros ocho kilómetros más para llegar a Torrelaguna, donde teníamos que tomar el autobús de vuelta a casa.

       En aquellos tiempos, este recorrido se hacía en gran parte por tierras desoladas, prácticamente desconocidas para nosotros y para los excursionistas de entonces, y escasamente habitadas, constituyendo una original travesía, hoy día del todo irrepetible, pues la construcción del enorme embalse del Atazar anegó buena parte del recorrido, entre el embalse del Villar y el de la Parra, haciendo materialmente imposible su repetición. 

Domingo Pliego

   1957                                     

 

Domingo Pliego

Otoño de 1957

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