La cueva del Reguerillo

     Tengo recuerdos inolvidables de esta cueva. En la época de estudiantes, casi acabando la carrera, cuando la mayoría de los amigos éramos de los GUM (Grupos Universitarios de Montaña), algunos dedicamos parte de nuestro tiempo a la espeleología, actividad que quedaba como algo extraño entre los aficionados a la montaña, y que no a todos apetecía. Pero Ángel Hernanz, en aquellos tiempos estudiante en la Escuela de Caminos, con quien habíamos compartidos buenos ratos en la montaña, tiró de los amigos más cercanos y nos enredó en aquel asunto.

     En los GUM se hicieron varios cursillos de espeleología, alguno incluso de ámbito nacional, con asistencia de estudiantes de diversas provincias. Pero el Reguerillo sería una constante en nuestras actividades “cavernícolas”, con la que estuvimos ocupados bastante tiempo, intentando hacer frente al desafío de explorar, y topografiar, los pisos primero y segundo, desconocidos hasta entonces. ´Los que formamos el grupo de exploración teníamos conocimientos diversos, de manera que hubo quien se especializaría en los temas geológicos, quien en los asuntos topográficos, otros en el dibujo de la cavidad con los datos que íbamos adquiriendo, e incluso alguno más decidido en la exploración pura.

     En 1957 conseguimos completar una exploración elemental, ya que nos quedaban numerosas galerías sin completar, algunas exploradas, pero sin topografíar. Llegaríamos a contemplar las huellas fosilizadas de oso de las cavernas (hubo dos huellas bien visibles, que fotografiamos), se encontrarían huesos del ursus speleus y de cérvidos, llegaríamos a hacer de monitores de los eventuales visitantes de la cueva; pasamos muchas horas de nuestra juventud ocupados con el Reguerillo. Y estas actividades darían lugar a unas cuantas situaciones anecdóticas, que todavía algunos revivimos en nuestros recuerdos.

     Aún conservo bastante documentación de aquellos trabajos, incluso los cuadernos de croquis primitivos que utilizamos dentro de la cueva, las hojas de cálculo de José Solé, las notas de gastos, el diario de las exploraciones, …  De momento añado en este apartado del blog unas breves notas sobre las primeras exploraciones.

PRIMERAS EXPLORACIONES

LA CUEVA DEL REGUERILLO

     En el tomo X, páginas 42 y 43, del “Viage de España” de D. Antonio Ponz,  de 1787, se describe someramente el territorio de Patones, aludiendo a las “cuebas” allí existentes. A mitad del siglo XIX aparece ya recogido el nombre de la cueva, con ligero error (cueva del Requesillo), en el Madoz, al reseñar PATONES. La primera descripción del Reguerillo, hasta donde entonces era conocida la cavidad, con un simpático dibujo de la cueva, que no aporta mayor información, aparece en la “Descripción geológica de la provincia de Madrid”, de Casiano de Prado, de 1864, páginas 282 a 285. En el número 64 de la revista PEÑALARA, correspondiente a abril de 1919, hay un artículo referido al reino de Patones, en el que se hace alguna referencia a la cueva. En marzo de 1944 la cueva del Reguerillo fue declarada Monumento histórico-artístico.

     Partiendo de tan escasos datos, un grupo de amigos pertenecientes al Grupo de Espeleología del Club Alpino Español, algunos de ellos alumnos de la Escuela de Ingenieros de Caminos, llevaron a cabo una visita a la cueva en 1956, alcanzando el hasta entonces conocido como punto final de la misma. Este final se daba en una pequeña sala con el piso colmatado de sedimentos blandos hasta bastante altura, situada en las galerías de unión del primero y segundo piso, poco antes de llegar al que después se denominaría “el paso del tubo”. En aquella salita observaron una pequeña corriente de aire que surgía por un agujero “soplador”, de lo que se deducía que al otro lado de la pared debía de prolongarse la cavidad, pero sin poder saber si sería o no penetrable. En consecuencia, el grupo, liderado por Ángel Hernanz, decidió explorar las posibilidades de continuación de la cueva en alguna visita posterior, excavando el suelo de aquella salita.

      En la siguiente visita, provistos de pico y pala, se excavaron los sedimentos del piso en la base de la pared donde se encontraba el agujero por el que surgía la corriente de aire. Afortunadamente encontraron a poca profundidad la bóveda rocosa de la galería y, avanzando la excavación un par de metros, desembocaron en la prolongación de la galería de venida, abriendo el paso a todo lo que vendría después. Se llegó al “tubo”, se forzó el paso y se conecto con la extensa red de galerías del segundo piso y el laberinto de unión con el tercero. Enseguida surgió la idea de tratar de proseguir la exploración y proceder a un primer levantamiento topográfico de la cavidad, que parecía ser de gran interés.

     Y en enero de 1957, Hernanz y un grupo de amigos aficionados a la espelología, casi todos pertenecientes a los GUM (Grupos Universitarios de Montaña), formado en parte por alumnos de la Escuela de Caminos, de Físicas, de Peritos Industriales, de Medicina, etc., llevó a cabo los trabajos necesarios para avanzar en la exploración, tomando los datos necesarios para un primer levantamiento topográfico de las principales galerías de la cueva, que se completaría con el trazado del plano correspondiente. De aquellos trabajos, que resumimos a continuación, se conserva la documentación original correspondiente.

19 de enero de 1957.- Trabajos in situ realizados por Ángel Hernanz, José Solé, Gonzalo Camblor, Dámaso Fariñas e Ibrán. Se hizo la topografía de la cavidad hasta el final del primer piso (el paso del tubo). Trabajos de gabinete (cálculos, poligonal, planta, perfiles), Ángel Hernanz, José Solé y Domingo Pliego.

26 de enero de 1957.- Trabajos in situ realizados por Ángel Hernanz, José Sáenz Oiza, Rafael Armas, Domingo Pliego, José Solé y Huertas. Se prolongó la topografía desde la base del pozo del “tubo” hasta la mitad del segundo piso, explorando diversos ramales. Trabajos de gabinete (cálculos, poligonal, planta, perfiles), A. Hernanz, J. Solé y D. Pliego.

2 de febrero de 1957.- Trabajos in situ realizados por Ángel Hernanz, Rafael Armas, José Solé, Gonzalo Camblor, Venancio Calderón y Salinas. Se llevó a cabo la topografía el resto del segundo piso, hasta la que después se conocería como “sala del Perro que Fuma”) y principio de la conexión con el tercer piso. Trabajos de gabinete (cálculos, poligonal, planta, perfiles),  A. Hernanz, J. Solé y D. Pliego.

9 de febrero de 1957.- Trabajos in situ realizados por el Sr. Berges (arqueólogo), José Solé, Jorge Bardía, y Salinas. Se completó el paso al tercer piso por el laberinto, topografiando parte de este piso. Trabajos de gabinete (cálculos, poligonal, planta, perfiles), A. Hernanz, J. Solé y D. Pliego.

17 de febrero de 1957.- Trabajos in situ realizados por el Padre Veny (arqueólogo), José Solé, José Sáenz Oiza, Dámaso Fariñas y Arturo Rebollo. Este día se llegó al término (entonces) del tercer piso por la galería principal. Trabajos de gabinete, A. Hernanz y J. Solé (cálculos).

2 de marzo de 1957.- Trabajos in situ realizados por Ángel Hernanz, José Solé y Gonzalo Camblor. Se completó el segundo piso, se encontró un segundo acceso al tercero y se exploraron algunas galerías laterales de este último. Durante el curso de estos trabajos se llevaron a cabo diversos hallazgos de interés, tales como indicios de grabados en el primer piso (en aquel tiempo ocupado en un buen trecho por un lago de murcielaguina) y huellas de zarpazos de oso en el segundo piso. El plano de las galerías topografiadas hasta entonces de la cueva fue dibujado por Domingo Pliego. En visita posterior, con motivo de acompañar a un periodista del diario MADRID para hacer un reportaje sobre la cueva, se encontraron cerca del final del tercer piso dos huellas fósiles de oso de las cavernas, que no habían sido vistas por los equipos de exploración y topografía.

En junio de 1957 parte de los componentes del equipo que había llevado a cabo las primeras exploraciones y el levantamiento topográfico acompañó a miembros del GES de Barcelona, entre los que se encontraban Óscar Andrés, Montoriol y los hermanos Anglada, en una breve campaña de visitas a la cueva que duró varios días. Durante esta campaña los amigos catalanes, que disponían del equipo fotográfico adecuado, tomaron fotografías de las dos huellas de oso fosilizadas y de otras peculiaridades de la cueva. Una fotografía de aquellas huellas se reprodujo en la revista Geo y Bio KARST nº 8, dic. 1965, en un artículo sobre el oso de las cavernas.

En 1964  se realizó un estudio más completo de la cavidad por miembros del Departamento de Hidrología Cárstica de la Comisión de Hidrología Continental y Científica del Centro de Estudios Hidrológicos de Madrid (A. Hernanz), en el que se concluía la necesidad de completar un levantamiento topográfico completo de la caverna. En el curso de estas tareas, J. A. Elorriaga y Carlos Domínguez descubrieron una nueva galería al final del segundo piso, en la que había gran número de huesos, entre los que recogieron una mandíbula de oso de las cavernas casi completa y en buen estado de conservación. Exploraciones posteriores culminaron con el hallazgo de hasta 17 cráneos de Ursus Speleus y centenares de huesos de oso y otras especies.

En 1966 espeleólogos del GEQ (Grupo de Espeleología Querneto) y del GEM (Grupo de Espeleología de Minas) llevaron a cabo un reconocimiento de la Galería Nueva, en el transcurso del cual encontraron, en el fondo de un pozo de seis metros, dos cráneos de bóvidos con grandes cuernos, catalogados posteriormente por el Museo de Ciencias como pertenecientes al Ibex Cebernarum.

En 1971 el G.E. Standard excavó un nuevo acceso a la cueva en la ladera que da a la cubeta del Pontón de la Oliva, conectando con el segundo piso y facilitando las exploraciones posteriores de todas las conexiones con el tercer piso.

En los años 1972 y 1973 un equipo del N.S.S., del G.E. Standard de Madrid, completó la topografía de la cueva, alcanzando los 8.260 metros de desarrollo total. El plano aparece firmado por Carlos J. Puch, que formaba parte del mismo equipo.

 NOTAS:

     Sala de “El Perro que Fuma.- La cordada del C.A.E. formada por Pedro Acuña, Paco Brasas y Salvador Rivas, conocida en las actividades de montaña por el sobrenombre de “la cordada del Perro que Fuma”, famosa en los años sesenta, visitó la cueva en una ocasión, llegando a la sala en cuestión, en aquel tiempo final del segundo piso, donde dejó huella de su presencia con un rótulo de gran tamaño hecho en la pared con la llama de sus carbureros. Los componentes de esta cordada no practicaban habitualmente la espeleología y no tenemos constancia de que volvieran a visitar el Reguerillo. Pedro Acuña falleció en accidente en los Andes: Paco Brasas falleció de penosa enfermedad. Salvador Rivas, ya jubilado, fue catedrático de Botánica en la Facultad de Farmacia de la Universidad Complutense.

       Las huellas de oso.- En el verano de 1957 se hizo la fotografía de las huellas de oso, que se reproduciría años más tarde (GEO y BIO KARST; Nov-Dic 1965). Parece ser que algún desaprensivo intentó “llevarse” a martillazos una de las huellas, destrozando el piso, de manera que en la actualidad solamente queda una, denominándose al paraje “La huella de oso”.

     El paso del tubo.- La conexión del primero con el segundo pisos se efectuaba a través de un estrechísimo paso al que precedía un pozo con el fondo lleno de arcilla blanda muy pegajosa. El tubo consistía en un conducto de presión de poco más de dos metros de longitud, ligeramente inclinado hacia delante, con sección ojival, más estrecho que alto, en cuyo suelo se iba profundizando una grieta al avanzar. El tubo desembocaba en un corto pozo vertical que llegaba al segundo piso. La estrechez del conducto obligaba a pasar reptando sobre el costado izquierdo, con los pies por delante, para poder apoyarlos en la escala que se disponía de antemano a lo largo del tubo, por la que se descendía al segundo piso. Dicha escala se anclaba firmemente a un barrote de bastante longitud, imposible que se “colara” por el tubo, que se disponía en la salita anterior al tubo. Para evitar que la escala se incrustase materialmente en la grieta que iba desarrollándose en el piso del tubo, se colocaba en extremo más alejado del mismo una corta barra de expansión, que se apretaba contra las paredes de salida del tubo, sobre la que pasaba la escala de descenso. Naturalmente, la colocación de este dispositivo tenía que hacerse metiendo materialmente a un espeleólogo de cabeza, para poner la barra de expansión en posición y tender la escala sobre ella, o bien con los pies por delante, para, debidamente asegurado desde la salita anterior, prácticamente colgado de la cuerda, colocar la barra y la escalera, que facilitaban el paso a los demás componentes del equipo.

      La mandíbula de oso.- Tras ser “acondicionada” por expertos, esta mandíbula estuvo en casa de Ángel Hernanz durante muchos años. Al final de sus días, estando ya recluido en casa por motivos de salud, la ofreció a Domingo Pliego para que se la quedase en su casa, pero ante la negativa de éste, pasaría a ser una donación de A. Hernanz al pequeño museo arqueológico que se acababa de establecer en Patones, en cuyo término municipal se encuentra la cueva.

                        Domingo Pliego Vega   (19 de junio de 2008)             

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s