De charla con un pastor de ovejas

G.C.E.- CHARLANDO CON UN PASTOR

A mitad de enero del 2006 descendíamos de la cumbre de la Cabeza de Piñuécar, después de visitar los restos del antiguo puesto de mando de García Escámez, cuando, al pie de la ladera sur, encontramos a un viejo pastor, pobremente ataviado, cuidando un hato de ovejas comunal, acompañado por un perrillo que parecía un “gos d´atura”, que nos recordaba a la Yuca, la perrita que hace años tuvo Magali. Deseoso de compañía y de charla, el solitario pastor entabló con nosotros una conversación, que me impresionó y de la que tomé nota posteriormente, y que transcribo a continuación:

¿De dónde vienen ustedes?

De Madrid Y usted, ¿de dónde es?

De aquí, de Piñuécar.

¿Cuántas ovejas lleva usted?

Unas ciento sesenta ¿Y qué hacen ustedes por aquí?

Estamos buscando por aquí restos de la guerra

Allí arriba estaba el puesto de mando.

Si, si. Venimos de verlo.

Y las baterías estaban detrás de la cabeza.

¿Estuvo usted en la guerra?

Si. En el 36 yo tenía diez y seis años. A los pocos días de la rebelión (sic), me llamó el cura del pueblo y me dijo – ¡Tú, a la plaza! – Allí me encontré con otros compañeros, éramos diez y seis, entre ellos el hijo del alcalde – Pues no será para nada malo, pensé, si está éste aquí – Nos subieron a un camión y nos llevaron a la Nava. Allí tuvimos que cavar una gran fosa para enterrar a otros diez y ocho fusilados.

No lo piense más hombre, ha pasado mucho tiempo.

Aquella guerra fue un desastre. Nunca tuvo que haber ocurrido. Todo pasó por envidias y por dinero. Se tenía que haber arreglado hablando o discutiendo, antes de armar el lío. Matrimonio reñido, bien avenido. Y estos de ahora nos van a meter en otra guerra.

Venga hombre, no le dé más vueltas.

Nos van a meter en un lío, aunque ahora, los españoles sabemos más.

¿Hay por aquí búnkeres o restos de la guerra?

Muchos. Habrán visto una trinchera bajando de la Cabeza.

Si, a media ladera.

Esa era la segunda línea. Más adelante, tras aquella cerca, estaban las cocinas. Nosotros traíamos el agua desde la Acebeda. Más allá, cerca del depósito, hay muchos nidos de ametralladora. Era la primera línea.

¿Queda muy lejos? ¿Media hora? ¿Está lejos la Peña del Alemán?

Menos, menos. Pueden saltar las vallas o rodear. Si saltan, no dejen los zarzos abiertos.

Ya tendremos cuidado de hacerlo así. Saltaremos las vallas en vez de rodear.

No sé, no sé, como van con las mujeres …

No se preocupe, andan bien. Bueno, adiós. Cuídese. 

 

Nos separamos. El pastor, a quién a ninguno de nosotros se le ocurrió preguntar su nombre, y su perrillo, continuaron empujando el hato ladera arriba. Nosotros seguimos hacia el sur, saltando un par de vallas (sin problema alguno por parte de “las mujeres”) para alcanzar el alto de la Retamosa, donde ahora hay un depósito de agua cubierto. El pastor, que tendría 16 años al comenzar la guerra, tendría ahora 85 años cumplidos. Abrigado con un viejísimo abrigo y un pasamontañas de lana hecho un higo sobre la cabeza, garrota en mano, cuidaba el hato de ovejas y, tantas horas solitario, tenía ganas de hablar. Sus imborrables recuerdos de la guerra parecían tenerle un tanto amargado  ¿Qué quedará de aquellos diez y ocho hombres que tuvieron que enterrar en la Nava?  La Nava, que conocemos bien, es un antiguo despoblado, de origen posiblemente medieval, donde no recordamos haber visto señal alguna de enterramientos. Posiblemente, como en tantos otros casos, se trata de una fosa común anónima.

D.P. (14 de enero de 2006)

NOTA.- En el mes de abril del 2009 oímos una noticia en la radio, en la que decían que iban a comenzar los trabajos de excavación de una fosa común por Piñuécar ¿Sería la que nos dijo el pastor? No hemos vuelto a tener noticia alguna.

 

 

 

14 de enero de 2006

NOTA.- En el mes de abril del 2009 oímos una noticia en la radio, en la que decían que iban a comenzar los trabajos de excavación de una fosa común por Piñuécar ¿Sería la que nos dijo el

 

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