Viejos recuerdos

LA DEPORTIVA EXCURSIONISTA

      Conservo estupendos recuerdos del albergue de la Sociedad Deportiva Excursionista en el puerto de Navacerrada, que tantas veces nos sirvió de refugio cuando dábamos nuestros primeros pasos con los esquís, al principio de los años cincuenta.

     Por entonces no éramos más que unos simples estudiantes de bachillerato que, no se muy bien por qué razón, decidieron practicar el deporte del esquí, cosa que, para nuestras familias, en aquellos tiempos, y en el puerto de Navacerrada, resultaba todavía algo extravagante y verdaderamente esforzado. En efecto, aunque ya subía una buena cantidad de gente a esquiar, todavía era una minoría, y resultaría una cifra irrisoria comparada con las multitudes que ahora suben al puerto; el tren era nuestro único medio de transporte, ya que ninguno de nuestros amigos  tenía coche; los equipos eran muy primitivos, caros y a menudo inexistentes, como ocurría con la vestimenta necesaria para el esquí de montaña, e incluso para hacer fondo, variantes que practicábamos siempre con el mismo equipo e idéntico atavío.

     El núcleo de personas con las que solíamos ir casi siempre en nuestras primeras salidas a la nieve, lo formaban Valentina, una de las hermanas mayores de Marisol, y su grupo de amigos y amigas (Purita, Tomi, Ana, Valen, Chelo, …), sobre todo amigas, algunas ya pertenecientes a la Sociedad Deportiva Excursionista, que practicaban el esquí por pura diversión o, casi podría decir ahora, por esnobismo. Con Marisol, que por entonces no era más que compañera de bachillerato y años después sería mi esposa, comenzamos a subir a esquiar, siempre en el tren, con ellas y sus amigos, para así poder entrar a la Deportiva como invitados en los duros días de invierno. De aquella época me han quedado recuerdos imborrables: los tremendos madrugones, levantándome a las seis de la mañana,  para ir a buscar a  Marisol a su casa,  no muy lejos de la de mis padres, y bajar juntos en el metro hasta la estación del Norte (de donde entonces salían los trenes para la sierra), con el consabido trasbordo Ópera-Norte.

     Al llegar a Cercedilla, teníamos que hacer otro trasbordo, siempre apresurado, al mal llamado “funicular”, el trenecillo eléctrico que trepaba hasta el puerto de Navacerrada, donde terminaba; finalmente, siempre recordaré el repecho  que  teníamos que subir desde la estación del funicular hasta el mismo puerto, por el camino del “matahombres” generalmente con dos pares de esquís al hombro, los míos y los de Marisol; el olor de la panadería a mitad de la subida; nuestros primeros pinitos por el Escaparate y los Cogorros y, si teníamos buen tiempo, y buen humor, por la Bola del Mundo, hasta donde no había más remedio que subir a pie y con los esquís a cuestas, pues aún no existía el telesilla ni ningún otro medio de remonte,

      ¿Y qué decir de nuestro maravilloso “equipo”? Tablas de “madera maderorum” de marca desconocida, bastones de caña de bambú, o como mucho de aluminio, con  arandelas sujetas mediante correas; las ataduras  tipo Kandahar, con grueso muelle en la talonera, que apenas garantizaban el control de las tablas en nuestras patinadas, o mediante largas correas de cuero, que, si bien sujetaban firmemente el pie, suponían un riesgo cierto de rotura de pierna o de tobillo en caso de caída fuerte.  La vestimenta era también la que correspondía a nuestra incipiente afición y a nuestra modesta situación familiar: botas de cuero con gruesas suelas y cierre de cordones (pocos esquiadores tenían botas dobles o con ganchos); pantalones “de tubo” más o menos readaptados en casa para la ocasión a partir de otros “de vestir”, a veces hechos de bellardina o de gabardina con una tirita por debajo del pie; incluso algunas personas llevaban pantalones “de montar”, con vendas de tela en las perneras. Los mejores aficionados, si disponían de medios, tenían incluso un anorack.

      Yo me recuerdo a menudo protegido con un simple chubasquero “de buzo” y otras veces con una chaqueta de calle bien abotonada; bufanda, por supuesto, en todos los casos; guantes gruesos de lana, sin comparación posible con los de hoy; orejeras o gorro de lana de confección casera (made in “abuela”); gafas de ventisca con  una amplia “cristalera” de plástico, mucho más parecidas a las actuales que las otras partes del equipo, y, a veces, unas pequeñas gafas de glaciar tipo alpinista, redondas, de aluminio y plástico oscuro, con una cinta de goma; ya se usaba una pequeña bolsa de costado para llevar lo más esencial mientras esquiábamos, a la que aún no la llamábamos “riñonera”.  Como las “ataduras” de los esquís dejaban bastante que desear y perdían su regulación con alguna frecuencia y facilidad, yo llevaba siempre un destornillador de enorme y  fuerte hoja,  con el que,  asumiendo el papel de  “mecánico” del grupo,  estaba a menudo ajustando las ataduras de todos los demás amigos. Aquel destornillador me acompañó durante bastantes años, incluso cuando, más tarde, hacíamos esquí de travesía o de fondo con nuestras tablas “universales”.

      Nuestra técnica de esquí era absolutamente rudimentaria. Hacíamos la cuña para casi todo; cuando llegamos a estar en el grupo de los más avanzados, hacíamos algo de “stembogen”,  y algún amigo que había tenido la suerte de esquiar en el extranjero sabía hacer, o al menos había oído hablar, del “cristiania”. Los más veteranos, como el padre de Simonetta, hacían todavía el telemark, con el que se movían con soltura por toda clase de nieves y terrenos, para nuestra admiración y envidia. Sería mucho después cuando los más perseverantes comenzamos a intentar girar con el “cristiania”, el “paralelo”, y a aprender algo del “contrahombro” y otras técnicas que nos permitiesen movernos con los esquís y nuestras pesadas mochilas de montaña por todo tipo de terreno, comenzando a recorrer, una tras otra, todas las cumbres de nuestra sierra de Guadarrama.

      El “funicular” descarrilaba a veces, sobre todo cuando las grandes nevadas  obstruían la vía, ocasiones en que no era raro que el tren se saliese de la vía sin mayores problemas. Entonces había que esperar a que subiera otro tren desde Cercedilla, hacer trasbordo de uno a otro en pleno campo y proseguir nuestra vuelta a casa. Esta situación parece que continuó durante largo tiempo, pues en la prensa de la Semana Santa de 1999 aún tuvimos ocasión de leer que el “funicular” (sic) había descarrilado dos veces en el mismo día, sin consecuencias para los viajeros. Todavía en el verano de ese mismo año, y en los primeros días de Noviembre se sigueron repitiendo los descarrilamientos (salidas de la vía), sin graves consecuencias, pero aún sin solucionarse.

      Muchas veces, al llegar a Madrid a última hora del domingo, como quiera que el metro solía ir bastante lleno, ya que era prácticamente el único medio de transporte disponible, subíamos andando hasta nuestro barrio desde la estación del Norte, por la cuesta de San Vicente, jardines de Palacio, plaza de la Ópera, calle del Arenal, puerta del Sol y plaza de Santa Ana. Otras tantas veces  recuerdo la subida de esta cuesta con el morral lleno de trastos y dos pares de esquís a cuestas, los de Marisol y los míos.

¿BOTAS ACUÑA O BOTAS CARMELO?

          No resultaba fácil esquiar con unas botas de calle corrientes de cuero. Eran demasiado frías, al cabo de las horas se empapaban con la nieve, a pesar de untarles toda la grasa del mundo,  y las ataduras o fijaciones de los esquís se salían continuamente, así que no hubo más remedio que decidirse a comprar unas verdaderas botas de esquí. Dichas botas, naturalmente de cuero, pues todavía no se conocía otro material mejor para el calzado, debían disponer de gruesa suela, ancha ranura acanalada en el reborde del tacón, para encajar bien el muelle de las ataduras, y llevar un acolchado o forro interior que aislase del frío, así como ganchos en lugar de ojetes, para poder cerrar los cordones incluso con las manos enguantadas.

          Por entonces había en Madrid un par de zapateros de montaña que eran los más conocidos haciendo botas de este tipo: Acuña, por el barrio de Argüelles, y Carmelo, en la calle Malasaña. Ambos vendían botas hechas, pero también las hacían a medida.  Las botas de Acuña tenían fama de resultar siempre algo pequeñas (“si quieres perder la uña, comprate botas Acuña“) y de empaparse de agua, así que opté por hacerme unas buenas botas en Carmelo, que, aunque eran algo más caras, inspiraban mayor confianza.  Fueron mis primeras botas en serio. De cuero marrón oscuro, doble cierre con solapa exterior, acolchado y gruesas suelas, me permitieron mejorar, pero solamente un poquito, mi “técnica” de esquiador. Aunque aquellas botas me duraron bastantes años, todavía tardaríamos bastante tiempo en darnos cuenta de que la calidad del resto del equipo dejaba bastante que desear y que con lo que entonces teníamos poco más se podía hacer.

1954 Subiendo a la Bola

 

NOS APUNTAMOS A LOS GUM

         Por el año 1953, siendo estudiante en la vieja Escuela de Peritos de  Madrid, mantenía amistad con algunos estudiantes del mismo centro y  con  antiguos  compañeros  de bachillerato, que estudiaban diferentes carreras en otras facultades de la Universidad de Madrid; Vicente Aparicio, “Apa” para el grupo, que estudiaba Derecho en la vecina Facultad de la calle de San Bernardo; Fernando Herce, estudiante de Químicas; Castro; Rafa Mateu;. Joaquín Calpena, Manolo Vázquez, Jorge Walliser; Hoppichler; etc.  Un buen día apareció en el tablón de anuncios de la Escuela un estimulante cartel esbozando lo maravilloso del deporte de montaña y sugiriéndonos que nos apuntásemos a los Grupos Universitarios de Montaña, los GUM, que por entonces comenzaban su andadura, con los que tendríamos ocasión de aprender a escalar, hacer cursillos de montañismo, esquiar, etc.

          –  “¿Qué, nos apuntamos?” –  Tras comentar el tema con los compañeros habituales de nuestras salidas de esquí y e de esporádicas excursiones (no se podía decir que hiciésemos mucha montaña por aquel entonces), unos cuantos amigos decidimos apuntarnos a aquella organización, en la que nos mantendríamos después unos cuantos años, prácticamente hasta el final de nuestros estudios, y de la que surgieron amistades que durarían toda nuestra vida.  Yo fui de los primeros en apuntarme, fui el número 160 de los GUM, y muy pronto, dada mi tendencia a meterme en enredos organizativos, quedé encargado del material de montaña, con la rimbombante denominación de “Jefe de Material”. Permanecí siendo miembro de los GUM desde 1953 a 1958, y allí hice amistades inolvidables con José Solé, Pepe Oiza (Pepe “el Bien Hecho”), Gonzalo Camblor, Vicente Apa, Jorge Barsi, Angel Hernanz (el “Abomi”),  Paco Damborenea,  Alfonso  Pedrero, Rafa Mateu, Joaquín Calpena, Mari Carmen García Blanco (la “larga”), Charito García Aser (Charito “guapa”), Mari Nieves Largacha, Jorge Walliser, Fray Palín, y con tantos y tantos otros, muchos de ellos personas de excepcional valía y acusada personalidad. Con algunos de ellos continuamos saliendo durante muchos años, más de medio siglo. Por supuesto, siempre mantuve con Marisol, que también se apuntó a los GUM, relaciones cada vez más  próximas, que desembocarían, años más tarde, en nuestra boda.

         Aprendimos a esquiar un poco mejor, participamos en carreras de fondo y de relevos, comenzamos a hacer nuestros primeros pinitos de escalada en roca, exploramos nuestras primeras cuevas, comenzamos a conocer montañas más grandes, y tuvimos también nuestras primeras decepciones y frustraciones. Seguramente me habré olvidado de alguno de aquellos excelentes compañeros de aventuras en estas breves notas; el tiempo borra muchas cosas, pero, sin duda alguna, muchos de ellos influyeron en nuestra propia personalidad.

Escudo

Escudo de los GUM

PRIMERAS SALIDAS A LOS PIRINEOS

          Mi primera salida pirenaica tuvo lugar en los días del 22 de julio al 4 de agosto de 1955. Fuimos un pequeño grupo de amigos de los GUM formado por Simonetta, Rafa Gancedo, Sigfrido Toral, Joaquín Calpena, Manolo Soto, Pepe Mallol, otro chico joven cuyo nombre no recuerdo, Manolo y Maruja, un matrimonio que a nosotros nos parecían muy mayores, pero que seguramente no llegarían a los cuarenta años, y yo.

          En aquella salida subimos al circo de Piedrafita, desde donde hicimos las ascensiones clásicas (Balaitous, Gran Facha, Pequeña Facha); pasamos por el collado del Tobarray a la zona de los Lagos Azules (intento fallido de  ascensión  a  los Picos del Infierno por el corredor norte) y bajamos al Balnerario de Panticosa, al pueblo del mismo nombre y de allí, en autocar de línea, nos trasladamos al valle de Ordesa, donde recorrimos el valle, subimos por las clavijas de Soaso a Góriz, Brecha de Roldán, el Taillón, Monte Perdido, el Cilindro. En Góriz nos alojamos en el viejo refugio, regentado por el Sr. Ramón, que fue guarda en el mismo durante largos años.

          Aquella salida fue nuestra primera gran aventura de montaña. Como casi nadie disponía de mapas, tuvimos que calcar algunos esquemas de cordales que amablemente nos prestaron para tal fin otros amigos montañeros más veteranos, que ya habían estado en estas zonas, y que nos dieron, además, valiosas instrucciones y consejos. Ninguno de nosotros tenía coche, de manera que hicimos el viaje en tren. Un viaje inolvidable en aquellos trenes de plataformas descubiertas y asientos de tiras de madera. Hicimos el consabido transbordo en Casetas, poco antes de llegar a Zaragoza, para tomar allí el “canfranero” hasta Sabiñánigo, desde donde había que seguir en un viejo autobús de línea, del que todavía recuerdo que se podía ver la carretera a través de las rendijas de las tablas del piso. En definitiva, conseguimos llegar a Sallent tras un total de veinticinco horas de viaje, justo a tiempo para montar nuestras tiendas en un pradito cerca del pueblo y dormir algo antes de iniciar nuestra expedición.

1955 Tren a Pirineos                 1955 Hacia la Brecha de roldán                                               1955 Brecha de roldán

         – El tren –                                 – Brecha de Roldán –                                – Llanos de Millaris –

        Las cuerdas que llevábamos eran de cáñamo y los crampones y piolets, que ya habíamos experimentado en los duros cursillos de invierno en Guadarrama, eran del humorísticamente denominado “hierro balcón”, todo ello bastante pesado. Como además llevábamos las tiendas de campaña, los infiernillos de gasolina, pan y comida para todos los días de la actividad, el peso a transportar rozaba los límites de nuestras posibilidades, así que decidimos hacer un esfuerzo con nuestras escuetas economías y alquilamos un par de caballerías que nos subieran las mochilonas hasta el circo de Piedrafita.

          Esta salida supuso para algunos de nosotros el verdadero descubrimiento de la alta montaña en general, y del Pirineo en particular, al que volveríamos muchas veces más en los años sucesivos, con amigos primero y con la familia después.  También en esta salida fue la primera vez que pisamos terreno francés en el Pirineo, exactamente junto a la brecha de Roldán, por donde pasamos para hacer el Taillón. En aquella memorable ocasión, el más joven del grupo, erguido en el nevero que baja hacia Sarradets, nos preguntaba insistentemente:

            –   “¿Estamos en Francia? ¿Y hemos atravesado la frontera? ¿No nos pide nadie nada?

          Nunca conseguimos averiguar qué extraña idea de las fronteras de un país tenía aquél muchacho, universitario por otra parte, pero la verdad es que tampoco nos molestamos ni en preguntárselo ni en aclararlo.

        En total nos gastamos en aquella salida unas quinientas pesetas por persona, todo incluido, cifra que si hoy nos parece absolutamente irrisoria, supuso para nuestros padres y para nosotros un verdadero esfuerzo económico difícil de superar. Es una cifra inolvidable, que tengo cuidadosamente anotada en el primero de mi interminable serie de cuadernos de excursión, en los que anoto todas las excursiones que venimos haciendo desde entonces y las que continuamos haciendo en la actualidad.

 

1956.- CAMPAMENTO DE LA F.E.M. EN EL ESTANY LLONG

         Del 23 de julio al 6 de agosto de 1956 estuvimos de nuevo en los Pirineos, participando durante unos días en el Campamento Nacional de la Federación Española de Montañismo, que tuvo lugar en el Estany Llong, al pie del Portarró d´Espot, collado de paso hacia el lago de San Mauricio. Desde allí hicimos ascensiones al Subenulls, Colomers, Bergús, Contraig, siempre por la vía más normal posible, lo que para nosotros era ya una buena actividad. Por primera vez en nuestra vida participamos en el rescate de un accidentado en montaña, ayudando a la trabajosa evacuación de un montañero francés, que se había caído en el Subenulls o en la cresta de los Gavatxos, no lo recuerdo bien..

          Desde el Estany Llong, pasando por el Portarró d´Espot, nos trasladamos al lago de San Mauricio, donde estuvimos al menos tres días. En San Maurici no acampamos, sino que nos alojamos en la parte abierta de la capilla, que hacía las veces de refugio. Desde aquí hicimos el Peguera, algunos por la arista oriental, y remontamos el corredor de los Encantats hasta la Enforcadura, para ver de cerca las vías de escalada. Recuerdo muy bien que dedicamos el día de descanso a bajar a Espot, para reponer víveres, y volver a subir con las provisiones para otros días más, andando naturalmente. Volvimos al Estany Llong, al Llebreta y a Bohí, para subir al Estany Negre, donde estuvimos otros días en el antiguo refugio Ventosa y Calvell. También en esta zona hicimos algunas ascensiones clásicas; Punta Alta, el Montarto, Biciberris.

        Durante esta salida, parte del grupo de amigos, entre los que se encontraban Marisol, Charito “guapa”, Apa, el Abomi, Fungairiño, Gayo, Lolo y alguno más, nos pusimos de acuerdo para volver al año siguiente al Pirineo con idea de hacer algo más importante. El viaje, como siempre, en tren hasta la Pobla de Segur y en una camionetilla infame hasta Pont de Suert y el Llebreta. La vuelta a la Pobla de Segur la hicimos en la caja de un camión de las obras de la presa del Cavallers, con lo que llegamos a la civilización cubiertos por una capa de blanquecino polvo del cemento y del yeso que aquél vehículo transportaba habitualmente.

– La  “camioneta”-                                                         – Subenulls –                                           – Punta Alta –

1956 La camioneta1956 Punta Alta1956 Subenulls

 

 

 

 

 

 

1957.- DE INSTRUCTORES EN EL PUEYO DE JACA

          En el verano de 1957 conseguimos ir como instructores al albergue universitario del Pueyo de Jaca, lo que nos proporcionaba un gran alivio económico, ya que nos pagaban el viaje y la estancia durante los días que durase el turno de verano. El grupito de “instructores”, nombrados a dedo desde los GUM de Madrid, nos pusimos de acuerdo para ir unos días antes y hacer algo de actividad de montaña por nuestra cuenta, presentándonos en el Pueyo el día antes de comenzar el turno que nos correspondía, listos para recibir a los cursillistas. En esta ocasión formábamos el grupo Ángel Hernanz, Jorge Barsi, Vicente Aparicio, Gregorio Portillo, Jorge Walliser y yo. Así lo hicimos, volvimos a subir a Piedrafita, pasamos al Vignemale por el lago de Gaube, cruzamos al valle del Ara por el coll des Mulets y tras recorrer casi  todo el valle, bajamos por el lago y circo de Catieras a Panticosa pueblo y al Pueyo de Jaca. Desde aquí aún haríamos algunas salidas por Peña Telera, Tendeñera y por Sallent.

          En una de estas ocasiones, al finalizar nuestra actividad en Sallent, unos volvimos en autobús de línea hasta el cruce de la carretera que subía al Balneario de Panticosa, desde donde subíamos andando al Pueyo de Jaca, y otros hicieron auto-stop con mejor o peor fortuna. Entre los menos afortunados hubo tres que, al hacer auto-stop, pararon una camioneta, sin saber que venía del matadero, se subieron a ella y tuvieron que soportar el horrible hedor de las pieles de animales muertos durante su viaje. A pesar de las duchas, conservaron durante varios días un cierto hálito extraño, que les hizo objetivo de nuestras irónicas, aunque amistosas críticas.

          Aquel verano tuvimos ocasión de entablar amistad con el “pater” que asistió como capellán en el turno del albergue. Se trataba de Fray Pablo López, “Fray Palín”, joven fraile dominico, enormemente dinámico y animoso, de gran fortaleza,  que había  practicado  en  su  época de estudiante el atletismo en la modalidad de decathlon, y que pronto se uniría a nuestro grupo de montaña. Todavía en este año de 2014 mantengo contacto con Palín a través del ordenador.

          Tal como lo habíamos organizado, el día anterior a la llegado de los alberguistas nos encontrábamos ya en el Pueyo. Y también estaba Fray Palín y otro cursillista de ánimo jocoso, a quien pronto pasamos a llamar “el Musiquilla”, pues tocaba el piano y nos alegró muchas tardes de albergue. Fray Palín y el Musiquilla se entendieron enseguida y, con nuestra complicidad, decidieron gastar una broma de llegada a los universitarios que se incorporarían al día siguiente. El Musiquilla se vestiría con los hábitos del dominico y procedería a dirigir unas palabras de bienvenida a los del cursillo, mientras que Fray Palín, vestido con un chandal, aparentaría ser uno más. Así se hizo, y cuando a la mañana del siguiente día llegó el autobús con los asistentes al turno de verano, el Musiquilla esperaba en la puerta del albergue, extendiendo su mano para que se la besaran los recién llegados y bendiciéndoles amablemente. Aún tardarían un par de días más nuestros jóvenes “cursillistas” en darse cuenta de la broma, que aceptaron finalmente de buen grado.

          Antes del turno del Pueyo, haciendo actividades por el macizo del Vignemale, “vivíamos” en un buen vivac que había bajo una gran roca, a mitad de la bajada desde el coll des Mulets a las Oulettes de Gaube. En alguna de aquellas idas y venidas yo perdí la cartera con toda la documentación y el dinero, lo que me planteó algunos problemas, ya que para frecuentar la zona fronteriza de los Pirineos en aquellos años, era necesario un permiso militar de fronteras, … que también resultó extraviado con la cartera. Menos mal que el Jefe de turno del Pueyo me extendió algún tipo de justificante por escrito, que me serviría para identificarme ante la Guardia Civil durante el viaje de vuelta a Madrid.

 

 

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