Salidas 41 a 45 del 2015

Salida 41/2015 (Sábado 21 nov. 2015).- VALLE DE LA FUENFRÍA: Para este fin de semana los agoreros de la tele pronosticaban la llegada del mal tiempo, con notable desplome de la temperatura, viento polar muy fuerte, primeras nevadas en el norte de la península y quizá en los sistemas montañosos del centro, pero a pesar de esta negra predicción decidimos salir este sábado, aunque solamente fuese  para ver cómo pintaba la cosa. Quedamos con Prisca en el intercambiador de la Moncloa, para ir a Cercedilla en bus y dar un paseo por el fondo del valle de la Fuenfría, protegidos del viento por la arboleda del pinar. A última hora se unieron otros cinco amigos, que irían en sus coches, y quedamos con ellos en la cafetería de la estación de Cercedilla (el bus tiene parada allí mismo).

El sábado a las siete ya estaba preparando el desayuno . A las ocho y media salimos de casa y poco antes de las nueve estábamos en el intercambiador de la Moncloa, donde Prisca ya había llegado. Pocos excursionistas en el autobús, poca gente en las paradas, poco tráfico; se ve que los adversos pronósticos del tiempo hacen mella en la gente y en estas circunstancias nos presentamos en Cercedilla antes del horario previsto. Mientras nos tomábamos un café, fueron llegando los restantes participantes. El tiempo está fresquito y hay que evitar las zonas altas, pero como hay plazas de sobra en los tres coches, acordamos acercarnos hasta la caseta de Información de la carretera de las Dehesas, y aparcar por allí, para ahorrarnos el tener que andar un par de kilómetros por el arcén de la carretera.

Dejamos los coches aparcados en una entrada de tierra, nos abrigamos bien y comenzamos a andar siguiendo un camino poco frecuentado que arranca desde la caseta de Información de la CAM. El camino discurre bien protegido entre el pinar y se oye al viento rodar moviendo las copas altas de los árboles, pero sin apenas molestarnos por abajo. Dejamos atrás el albergue Juvenil de la Comunidad y llegamos enseguida a la fuente del III Retén. Por suerte para nosotros, el terreno, que se suele inundar cuando llueve o nieva, tenía hoy bastante consistencia y se andaba sin tener que chapotear. Remontamos la ladera de la izquierda, y por el camino que discurre por detrás del Cirilo llegamos a la entrada del parque de las Berceas. Parece ser que cuando hace viento, tienen que parar las tirolinas y puentes tibetanos que hay de árbol a árbol, y en días como hoy el parque está vacío.

Seguimos el caminillo hasta llegar al puente del Descalzo, donde comienzan a aflorar las viejas losas de la calzada romana, que en este puente es también parte del camino borbónico. Al otro lado del puente vamos unos metros a la izquierda y casi en la orilla del arroyo de los Pícaros llegamos a la estela con una cruz, unas iniciales y el clásico R.I.P. labradas en la piedra, donde hacemos un corto descanso, y tomamos un sorbo de té caliente y unas galletitas antes de continuar. Aunque el tiempo es mucho mejor de lo pronosticado, y el sol asoma cuando puede entre las rápidas nubes, no está el día para permanecer sentados mucho tiempo.

Volvemos a cruzar el puente, retrocediendo, y seguimos por la ladera de la derecha hasta el aparcamiento de Majavilán, donde tampoco hay apenas coches. Dejando la fuente a la derecha, buscamos un senderillo poco evidente, por el que vamos hasta las praderotas de las Dehesas, frente al restaurante Casa Cirilo, en vez de ir por el asfalto de la carretera. Las Dehesas están totalmente vacías, como no recuerdo haberlas visto desde hace muchos años, y tomo una fotografía. Después pasamos por la trasera de la residencia de Ingenieros de Montes, avanzamos unos metros por el arcén y cruzando al otro lado el asfalto, entramos por otro camino, por el que avanzamos hasta llegar al camino viejo de Segovia. En todo este recorrido apenas nos hemos cruzado con más gente, aunque el itinerario sea algo raro. Un corredor solitario trota por el camino delante de nosotros.

Seguimos hacia el sur, tomamos un desvío a la izquierda y salimos al portón franqueable que hay a pocos metros del Sanatorio de la Fuenfría. Empezamos a preguntarnos dónde parar para comer, pero no está el día para sentarnos en el suelo mucho rato y hay opiniones de que mejor sería ir a alguna parte donde nos dieran un caldito caliente. Sugiero llegar a los coches y trasladarnos a los Molinos, al bar la Parada, que ya conocemos todos, un tanto cutre, pero bastante amplio,  donde podremos tomar algo caliente, como ya hemos hecho en alguna excursión invernal en otras ocasiones.

Bajamos el último trecho de camino, en el que coincidimos con algunos otros excursionistas que también bajan por aquí, salimos frente a la caseta de información y en un pispas estamos en los coches. Hasta aquí no hemos hecho más que 5,840 km según mi GPS, con menos de 200 metros de desnivel. Poca cosa, pero para alargar el recorrido tendríamos que mover algún coche o hacer algunos kilómetros de carretera, y consideramos que no vale la pena.

El bar la Parada está un tanto cochambroso y la comida es de calidad media baja, pero nos sentamos en una larga mesa los ocho y nos tomamos un modesto menú, mientras no paramos de hablar. Se alargó tanto la sobremesa, que al final resulta que estuvimos casi tanto tiempo sentados conla comida, como andando durante el paseo. No sé cómo calificar esta salida, si excursión con comida a cubierto, o comida de amigos con paseo previo para abrir boca. En cualquier caso, de nivel  –bbb, como en las calificaciones internacionales de la deuda pública.

 

Salida 42/2015 (Sábado 28 nov. 2015).- ENTRE GUADARRAMA Y LOS MOLINOS:  En principio estábamos MSol y yo solos para la habitual salida, pero el mismo viernes quedamos con E. en Guadarrama, para dar por allí algún paseo más largo que los de los últimos fines de semana.

El sábado antes de las nueve de la mañana estábamos en el intercambiador de la Moncloa, esperando al autobús 384, que tiene parada en Guadarrama, a escasa distancia del González, donde normalmente quedamos para desayunar. Y un par de minutos antes de las diez llegamos a Guadarrama. Nos aposentamos en el González, con nuestro té, café y churros habituales de los sábados, esperando a nuestro amigo, que no tardaría en llegar.

Tras animada charla mientras tomábamos el desayuno, decidimos comenzar nuestro paseo. El día era estupendo, con sol y excelente temperatura para andar, así que   enfilamos el camino de tierra que arranca junto a la entrada al aparcamiento, y comenzamos un raro itinerario hacia los Molinos.

Nuestro camino llega muy cerca del cordel de los Navarros, gira a la derecha y baja a cruzar el río Guadarrama por la pasarela peatonal que conocemos bien de otras veces. Tras remontar una cuestecita, se cruza la carretera de Guadarrama a los Molinos y, al otro lado, tomamos un camino de tierra a la izquierda, que nos llevará hasta nuestro objetivo. Este camino sale finalmente a la carretera, que seguimos hacia el norte por una acera peatonal a la derecha. Pero al llegar a la entrada de la urbanización de Valdefresnos, cruzamos al otro lado y continuamos de nuevo por camino de tierra entre abundante vegetación.

Nos cruzamos con algunos paseantes, pocos, y con bastantes caballistas. El camino llega a las primeras casas de otra urbanización, llamada Matalaguna. Unos metros antes de llegar a las casas hicimos una parada para beber agua y tomarnos unas magdalenas de las que había comprado MSol en la panadería antes de empezar a andar.

Seguimos por la calle asfaltada por la que se prolonga el camino, para tomar enseguida la primera calle a la izquierda, calle del Molino de la Hoz, que desciende hasta el río y lo cruza por un puente algo deteriorado y poco conocido. Al otro lado, remontamos una cuesta y desembocamos en la carretera que va a la ermita de San José. Hasta este punto llevamos ya casi cinco kilómetros de camino y aún tenemos que volver a Guadarrama, así que decidimos no llegar hasta La Parada, atajando directamente hacia el camino de la Virgen del Espino.

Avanzando unos metros a la derecha, cruzamos la carretera, para embocar la calle de los Transeúntes, que vamos a seguir hasta su final. Allí se sale a un gran descampado que hay camino del cementerio; frente a nosotros el bunker “de las Hermanitas de los Pobres” y detrás, mas al fondo, el desvencijado y abandonado edificio del Hospital de la Marina.

Al llegar a la carreterita asfaltada del cementerio, la seguimos a la izquierda, dejamos la entrada del cementerio algo alejada a este lado y pasando por delante de la magnífica entrada a la residencia de las Hermanitas de los Pobres, continuamos por el camino, cordel o cañada, de la Virgen del Espino.

Seguimos este ancho camino, un antiguo camino ganadero, hasta llegar a la pista que sale a la izquierda, tras un portón de hierro, que por los Mingones y por el pie de los Tomillares enlaza con la que sube desde el pueblo por la urbanización de Miranieves. A poco de entrar en esta pista buscamos un lugar al solecito de noviembre, a la derecha del camino, donde sentarnos sobre unas rocas que afloraban y dar buena cuenta de nuestras escuetas provisiones. Llevábamos poca comida y, en consecuencia, gastamos poco tiempo en el condumio, poniéndonos de nuevo en marcha a los pocos minutos.

Ya sin ninguna otra parada bajamos por la calleja de los Poyales hasta Miranieves, cruzamos la carretera de Cercedilla y llegamos al aparcamiento donde tenía E. su coche. Eran las tres menos cuarto y a las tres o tres y cinco salía el autobús hacia Madrid. También hay autobuses más tarde, pero MSol prefería tomar el de las tres y llegar pronto a casa, así que nos despedimos y nos fuimos a la parada del bus. En la Moncloa cogimos el 16, que parecía estarnos esperando en la parada, y a poco antes de las cuatro y media de mi reloj estábamos abriendo la puerta de casa. Hemos hecho 11,950 kms  según mi GPS.

Salida 43/2015 (Sábado 5 dic. 2015).- UNA OJEADA AL PARQUE FELIPE VI: Este fin de semana  no nos apetecia ir a lugares con demasiada concurrencia, y decidimos dar un paseo por el parque de Felipe VI. Elke nos llamó y, como ella no conocía este parque quedamos para ir juntos en el autobús 174 que sale de la plaza de Castilla. También llamó Carlos y a última hora de la tarde Rosaluz, para decirnos que también se animaban a salir con nosotros.

Salimos de casa a las diez y cuarto, llegamos a la plaza de Castilla y al minuto siguiente apareció el 174. Elke no había llegado aún, pero ante la disyuntiva de perder el autobús, sin saber cuándo salía el siguiente, lo cogimos, llegando a la parada final, a cien metros de la puerta S.O. del parque poco antes de las once y veinte. Mientras esperábamos a que llegase Elke, nos entretuvimos viendo las distintas especies de árboles y arbustos que adornan la gran explanada de aparcamiento, prácticamente vacío. Predominan los madroños, cientos de ellos, cargados de frutos maduros, lo que nos llama bastante la atención.

Llegó Elke, única pasajera del autobús, y juntos nos dirigimos a la entrada del parque, donde habíamos quedado con los demás hacia las once y media. Como no aparecían, nos pusimos en contacto con ellos por el móvil. Al parecer había habido un malentendido respecto al punto de encuentro y estaban en otra entrada del parque. Con estos equívocos dieron las doce antes de comenzar el paseo, algo tarde para dar algo más que un vistazo, pero el día, soleado y sin excesivo calor, invitaba a pasear.

Carlos tenía ya incorporado el mapa en su GPS; en el mío otro mapa menos detallado, pero suficiente para estar localizados en todo momento. Descendimos por un vial de suelo terroso compactado, A un lado del mismo comienza a aparecer un arroyuelo, represado en varios puntos. Llegados a la parte más baja, giramos a la izquierda, subimos un leve repecho hasta el paseo central, que figura ser el tronco del árbol, que representa el conjunto del parque, saliendo directamente frente al mirador de maderamem con la subida en rampa espiral, y subimos hasta la terraza para contemplar el paisaje.

El parque parece bastante grande, como una tercera parte de la Casa de Campo, y no se consiguen distinguir claramente los límites, debido, sobre todo, a su peculiar orografía. Hacia el Este, al final de la bajada del paseo central, se divisa desde esta terraza la zona del arboreto al que queremos llegar, así que volvimos a bajar por la rampa, enfilamos el paseo y nos presentamos en otra zona de lagos y pasarelas bastante bonita, ya muy cerca del arboreto.

En unos bancos próximos hicimos una parada para descansar unos minutos. Como hemos empezado algo tarde no tenemos demasiado tiempo antes de volver a casa a comer, así que continuamos un poco más, llegamos a un altillo, cruzamos unas pasarelas entre el arboreto, y comenzamos la vuelta hacia la puerta por la que entramos, si bien por itinerario ligeramente distinto. El reloj de sol de la entrada señalaba poco más de las dos cuando llegábamos a la puerta; en nuestros relojes eran las dos menos cuarto.

Nos despedimos de los amigos y Elke MSol y yo, volvimos a la parada del autobús, no sin antes hacer una buena cosecha de madroños bien maduros para Elke, que seguramente los reconvertirá en alguna rica mermelada casera. El autobús no tardó apenas en venir, vacío como a la venida. Al llegar a la plaza de Castilla eran las dos y media bien pasadas, y de mutuo acuerdo decidimos buscar cualquier sitio donde comer juntos. Encontramos un pequeño restaurante no muy lejos del final del autobús, pero resultó todo un fracaso. Con un menú barato, pero de mala calidad, MSol fue incapaz de comer el menú; Elke y yo, que somos buenos sufridores, dimos cuenta de nuestros platos sin pena ni gloria.

Salida 44/2015 (Sábado 12 dic. 2015).- CHOZAS DE LA SIERRA: Tras mucho dudar de hacia dónde ir, decidimos ir a Chozas de la Sierra en el autobús que salía de la plaza de Castilla a las nueve y media. A.G. se apuntó a acompañarnos; más tarde llamó Prisca, que nos acompañaría, y quedamos con ella en el intercambiador de plaza de Castilla; Elke también llamó. Estaba en Guadarrama, pero le apetecía salir y quedamos con ella a las diez y media en la plaza del Ayuntamiento de Soto del Real. A última hora de la tarde llamó también Mª Victoria, que, con P.E., se animaban también a salir.

En el último momento de la tarde me decidí a ir con el coche. Chozas de la Sierra está bastante cerca de Madrid y el tiempo de desplazamiento sería mucho más corto. Además puede que esta sea una de las últimas veces en que salgamos conduciendo yo el coche, así que avisamos por el “guasap” a Prisca y quedamos con ella en el garaje a las nueve y media.

Antes de las diez y media estábamos ya en Soto del Real. Esta vez hemos quedado en El Triángulo, un pequeño bar junto al edificio del Ayuntamiento, mucho más tranquilo que el Piccola, donde podíamos sentarnos todos juntos e incluso hablar sin apenas ruido ambiental. Terminado nuestro desayuno, comenzamos nuestro improvisado itinerario. Cruzamos varias calles del pueblo y salimos a la carretera que va a Manzanares el Real. La bordeamos por un acera que se alarga a la derecha y, finalmente, no tuvimos más remedio que andar unos cien metros por el arcén derecho, para llegar al inicio de la pista que enlaza con la cañada, por la que íbamos a continuar.

Subimos un corto trecho por la cañada, que poco más adelante gira en ángulo recto a la derecha, y continuamos por ella en vez de seguir hacia el Berrueco. Hace pocas semanas estuvimos en la orilla izquierda del arroyo del Mediano y de seguir por aquí llegaríamos a la orilla derecha. Pero recordaba que el arroyo llevaba más agua de la que se podía esperar y, como no teníamos ganas de vadearlo, decidimos continuar por la Cañada Segoviana y acercarnos a la ermita del Rosario, donde ya veríamos cómo continuar. La Cañada Real se distingue estupendamente a medida que avanzamos por ella, con sus 90 varas de anchura, delimitada a ambos lados por vallas de piedra seca. Seguimos por la cañada y al llegar a otra calle de entrada al pueblo, que va directa a la rotonda del letrero de CHOZAS DE LA SIERRA, seguimos por un senderito que bordea por el oeste todas las urbanizaciones que han ido surgiendo al norte del primitivo núcleo del pueblo.

Cuando la cañada vuelve a girar a la derecha, la dejamos, para seguir por la calleja del Cubillo, que pasa justo por delante de la ermita .Al llegar a la altura de la entrada, A.G. dice que cree que no ha estado nunca en esta ermita, así que pasamos el torno de acceso y mientras él y P.E.  suben hasta el edificio situado en este altillo, los demás nos aposentamos en unas peñas y nos disponemos a tomar un sorbito de té caliente.

Vuelven los exploradores, finalizamos la pausa y acordamos subir hasta el camino de la Cruz del Toribio, por otra calleja que sale al barracón gris, para volver al pueblo por la que comienza más al Este. La calleja que vamos siguiendo remonta una pequeña cuesta a todo terreno, se estrecha bastante al quedar casi horizontal, y finaliza en la pista ancha junto al “barracón gris”. Elke se entretiene de vez en cuando haciendo fotos a las plantas que hay a la vera del camino, a los caballos que vemos en los prados de la derecha, pero como no llevamos prisa alguna y vamos distendidos, siempre la esperamos para avanzar juntos.

Salimos al camino de la Cruz del Toribio y  seguimos un trecho no muy largo por esta polvorienta pista hacia el Este. El blanquecino polvo contrasta enormemente con el verdor intenso de los prados de ambos lados. Es el “progreso” lo que mata el color del suelo de la pista, hace años apenas frecuentada por los coches. Llegamos al inicio de la calleja del Cubillo del Tiesode, que toma dirección sur, y siguiéndola conectaremos de nuevo con la parte que ya hemos recorrido al venir.

Las horas han ido pasando sin notar, son casi las dos de la tarde, así que buscamos algún sitio donde parar y encontramos unas peñas que afloran a la izquierda de una ancha curca del camino. Allí dedicamos una media hora larga a dar buena cuenta de nuestras provisiones, entre charlas y bromas de los concurrentes. Elke quiere volver pronto a casa, pues tiene concierto esta tarde. Y A.G. también; ha quedado en merendar con unos amigos. Así que levantamos el campo y ya de un tirón, sin parada alguna, siguiendo toda la calleja, regresamos a Soto del Real, donde llegamos poco después de las tres y media, una buena hora para los que piensan continuar la actividad esta tarde. Los que tenemos menos prisas, nos quedamos todavía un rato en el pueblo, para tomar un café y un bollito antes de meternos en el coche. Yo no quiero, no puedo, conducir de noche, pero tenemos tiempo de sobra para hacer esta pausa. Antes de las cinco y media, todavía con luz del día, estábamos entrando en casa. Hoy hemos hecho 11,2 kms.

Salida 45/2015 (Sábado 19 dic. 2015).- PINARES DE LA JAROSA: Este fin de semana Belén hizo de conductora, lo que resulta muy, muy, confortable. Con ella venía también su amiga Ana. Prisca se iba a Gredos, Elke estaba de ensayo con su coro, A.G. se animaba a acompañarnos y quedamos con él en Guadarrama, en el González donde siempre .

Sentados ya ante nuestros respectivos desayunos, le regalé a A.G. un libro sobre barcos de vela, en inglés, que tenía arrinconado desde los 70´s; estos últimos días estamos charlando, a través del ordenador, sobre un posible glosario de términos marineros, con la remota idea de ilustrarlo con dibujos o copias de dibujos. Hubiéramos tenido charla para rato, pero, finalizado el desayuno, arriamos velas y nos pusimos en marcha. Como solamente éramos cinco, nos metimos en un solo coche, para subir hasta la Jarosa, por donde dar un paseo sin rumbo fijo.

El día era casi primaveral y el cielo estaba despejado, pero las luces rasante y las sombras del mes de diciembre hacían del paisaje, de sobra conocido por todos nosotros, un nuevo y precioso cuadro. Dejamos el coche en el primer aparcamiento y enseguida nos metimos por la veredita estrecha, casi paralela a la carretera, por la que llegamos al primer chiringuito, donde está la nueva ermita de San Macario. El sendero bordea el cerro de la Viña al pie de su ladera meridional, pasa un vallado de piedra a hueso, alcanza tangencialmente la curva de la carretera sobre el arroyo de la Jarosa y, tras recorrer menos de un centenar de metros por el arcén, vuelve a tomar otro sendero que desemboca directamente en la explanada de San Macario. Hasta aquí no hemos visto ni rastro de otros excursionistas o paseantes. Seguiremos sin ver ni cruzarnos con nadie hasta casi el final de nuestro paseo, lo que nos lleva a deducir enseguida que esto de pasear por el campo es una actividad totalmente pasada de moda, a extinguir, o casi.

Desde aquí vamos a seguir un buen tramo por pistas de tierra, siempre entre el pinar, con una temperatura deliciosa que nos permite subir las cuestas en mangas de camisa, ¡a solamente cuatro días de la Nochebuena! Remontamos una cuesta, por suerte corta, y llegamos a la parte alta de la Loma del Agua, que hemos pateado infinidad de veces rastreando restos de la guerra. Y decidimos buscar algún lugar bien soleado, para hacer una paradita, beber algo y tomarnos un respiro. Pero hay que seguir andando; recogemos los bártulos y volvemos a la pista, bajando ahora hacia el arroyo de la Jarosa, que separa la Loma del Agua y la del Cebo de los Lobos del cerro de la Viña, del cerrillo de los Regajos y de la Loma del Requeté. A medida que perdemos altura aumenta la humedad ambiente. Además bajamos por la zona de la umbría y se nota más fresquito.

El arroyo corre, pero con un caudal tan escaso que parece a punto de desaparecer. Pasado el arroyo, remontamos una cuesta algo más larga por la pista, muy deteriorada por la escorrentía, hasta llegar al collado norte del cerro de la Viña. Desde aquí vamos a seguir subiendo por otro sendero que gana altura a media ladera, hasta alcanzar la ladera norte de los Regajos. Seguimos sin ver a nadie, ¿Pero dónde demonios se mete toda la gente de tantísimos coches como hay aparcados por todas partes? Una vez al pie del cerrito de los Regajos, decidimos remontar los últimos metros, para buscar el sol en algún peñascal de la cumbre, donde, además, tendremos mejores vistas.

Encontramos un bonito sitio en la mismísima cumbre, a 1206 metros de altura, al sol, con una cejita de piedra cómoda para sentarnos, y allí hicimos un alto algo más largo, para comer y, por supuesto, continuar la charleta en la que vamos inmersos durante todo el paseo. En el entorno encontramos media docena de restos de la guerra, dos o tres refugios empotrados en el suelo, unas cuantas trincheras, algún parapeto de piedra seca,… Parece mentira, pero todavía, cada vez que nos ponemos a rebuscar, encontramos nuevos restos no catalogados en nuestras anteriores incursiones, muchas, por esta zona. Vemos en algunos pinos nidos de procesionaria, en otros el muérdago verde amarillento destaca sobre el follaje grisáceo. Las luces del sol de tarde en el cordal de la sierra parecen dotarle de mayores alturas de las que tiene.

El cielo se va tupiendo de nubes y, aunque es pronto, iniciamos la vuelta. Bajamos de nuevo por la ladera norte hasta la pista asfaltada, que vamos a seguir hasta el aparcamiento donde tenemos el coche. Desde alguna revuelta del camino se divisa mucho más abajo el caserío de Guadarrama, destacando la torre de la iglesia antigua en lo alto del cerrillo. En un momento dado me doy cuenta de que los más jóvenes del grupo van todos ensimismados, a la par que andando, con sus respectivos teléfonos móviles (Mobil in mobile, como decía el lema del Nautilus). Y así, sin apenas darnos cuenta, cuesta abajo, regresamos a nuestro coche, tras completar este sencillo paseo al aire libre, en la famosa “jornada de meditación” que precede al no menos famoso 20 D. Pero la verdad es que meditar, lo que se dice meditar sobre el tema, hemos meditado poco hoy. Solamente hemos hecho 8 kms escasos hoy, pero prácticamente sin encontrar a nadie en el camino.