RUINAS EN LA MONTAÑA (2001 – 2016)

RUINAS, RUINAS, RUINAS

           En el transcurso de nuestras excursiones por las montañas cercanas a Madrid, Guadarrama, Gredos, Ayllón, es frecuente encontrarnos con ruinas de diversas características en los lugares más insospechados. El origen de esas ruinas despierta a menudo nuestra curiosidad, por su posible relación con la montaña, pero en la mayor parte de las veces, el estado de abandono, o de ruina en su caso, en que se encuentran, y la suciedad y basura de todo tipo que se suele acumular a su alrededor, nos llenan de indignación, tanto por la desidia de quienes deberían ocuparse de que esto no ocurriese, como por la falta de civismo y de sensibilidad de los ”usuarios”, que llevan la situación a tal extremo.

           Hay ruinas ”monumentales”, testigos mudos de algún capítulo de la Historia pasada, más o menos deterioradas por el abandono y el paso del tiempo, a menudo degradadas hasta el mísero papel de vertedero de basuras, o de letrinas, por los frecuentadores del lugar. Son ruinas que, en algunos casos, valdría la pena recuperar o restaurar, o al menos dejar que fueran siendo tranquilamente absorbidas por la naturaleza, pero en todo caso con dignidad, manteniendo su entorno limpio. En esta “categoría” podríamos incluir los impresionantes y hasta peligrosos restos de Santa María de la Sierra, cerca de Collado Hermoso; los del Monasterio de Bonaval, próximos a Retiendas, junto al Jarama; los del pabellón real de caza conocido como Casarás (la Casa Eraso de Felipe II);  los maltratados restos del palacio de los Austrias en Valsaín; los escasos restos de la calzada  romana, o camino medieval, de la Machota, cuyas viejas piedras van pasando a formar parte de las vallas vecinas; e incluso el convento de San Antonio, en la Cabrera, cuya restauración fue finalmente acometida con éxito, tras unos años de acelerado abandono y deterioro.

           Otras veces tropezamos con ruinas de viejas casas, ventas, refugios, etc., abandonadas en su día al perder la utilidad para la que se construyeron, y después nunca recuperadas, que, durante el tiempo que dura su lenta ”desaparición”, pasan inicialmente por un estado de ruinas peligrosas, para convertirse después en simples basureros. En este caso se encuentran las ruinas, casi desaparecidas ya,  de algunos viejos refugios de montaña, como el del C.A.E. en el prado de las Pozas, del que apenas queda algo; el del Rey, cerca del puerto de Candeleda, en proceso de ruina avanzada; los del Ventisquero de la Condesa, de la Maliciosa y de Siete Picos, de los que ya apenas queda memoria; los basureros existentes en torno al refugio del puerto de Navafría. Hay ruinas de refugios a la vera del viejo camino de Lozoya a Navafría, a ambos lados de la divisoria, o en la bajada del puerto de la Tablada al Río Gudillos, o junto a la fuente del Infante, en la bajada del Reventón a la Granja; ruinas de las ventas de la Campana, del Cornejo o de la Venta Nueva, por el valle del río Moros; restos apenas reconocibles de la Venta de los Mosquitos o de la de la Fuenfría; ruinas de la casa del Sordo, cerca de la Silla de Felipe II; casilla de servicio del Canal de Y.II, poco antes de la presa de la Parra, convertida en basurero; estación del tren de Collado Albo, aún en pie, nido de suciedad y pintadas; restos de edificaciones en la cola del embalse de Puente Alta, y un largo etcétera de muchos conocido.

           También podemos encontrar restos de construcciones que en su día sirvieron para obras de repoblación o para vigilancia del monte, como los barracones que hay junto al arroyo del Aguilón, cerca de los riscos del Purgatorio, en la bajada desde la Morcuera; o la casa abandonada y ruinosa junto al vivero de la Cueva del Monje (ya desaparecida del todo); y otra cerca de un vivero en la pista forestal que baja del puerto de Canencia al Km. 12 de la carretera; o la ruinosa casilla de vigilancia en la mismísima cumbre del Cancho Gordo; o la que hay en lo alto de la Arista de Abantos, casi en desuso. Casetas de obras abandonadas al finalizar éstas en un altillo al norte del Cerro de la Oliva, en el poblado del Atazar, en diversos puntos de la Sierra Caleriza, cerca de las pistas de servicio del Canal, etc.

            Es frecuente encontrar restos ruinosos de modestas construcciones rurales, corrales, majadas, parideras, casillas, chozos de pastores, molinos de agua, etc., que quedaron abandonadas al desaparecer la actividad que les diera origen. Estos restos suelen encontrarse lejos de los caminos más trillados hoy día, y al estar bastante integradas en el medio natural por los materiales que las componían, resultan poco agresivos para la vista. Hay muchas de estas construcciones rústicas, a menudo ruinosas, diseminadas por el monte, sobre todo por la Sierra Pobre y por algunas zonas de Gredos, pero el impacto que nos causa su encuentro es pocas veces desagradable. En este apartado se podrían añadir los viejos puentes, no integrados en la red actual de carreteras, que aún perduran para uso local, evocadores de tiempos pasados, como el puente del Congosto, sobre el río Lozoya, el puente Canto y el de Matafrailes, sobre el arroyo de Canencia, el puente de los Canales, cerca de Valsaín, las pasarelas de madera del alto Jarama, el puente de las Paredes, en Gredos, y tantos otros pequeños puentes, que todavía continúan facilitando el cruce de ríos y arroyos a excursionistas, paisanos y ganado.

           Formando parte de nuestra historia, las sierras cercanas a Madrid muestran numerosísimos y descarnados restos de la guerra civíl de 1936: trincheras, restos de fortificaciones, nidos de ametralladora, búnkeres, barracones, refugios, instalaciones que en su día fueron más o menos permanentes, que se encuentran con bastante frecuencia a lo largo de la línea de cumbres que en su tiempo constituyó el frente de guerra de la Sierra. Muchos de estos restos van desapareciendo poco a poco, integrándose en el terreno sin grandes problemas, pero otros, más sólidos, como los robustos nidos de ametralladora y algunos refugios, se han ido convirtiendo en lugares de pernocta, e inevitablemente en letrinas y basureros; fortines y nidos de ametralladora de Cabeza Lijar, la Sevillana, la Puente Alta, la Granja, Paredes de Buitrago, Villavieja de Lozoya, las Cebollers, la Puebla, etc. Trincheras y posiciones por Marichiva, Minguete, Mujer Muerta, Peña Citores, Dos Hermanas, Peñalara, Malagosto, El Nevero, puerto de la Hiruela, Bañaderos, Peña Aguila, etc. Inacabable relación.

        También encontramos otros restos más modernos, procedentes de instalaciones inacabadas o de construcciones abandonadas, que han quedado en medio de la montaña como testigo mudo de la desidia y falta de interés por este medio natural: restos de un corto telesilla en la loma cimera, que llegaba hasta el alto de las Guarramillas; viejo pluviómetro en desuso en el collado del Piornal; cables de antiguos arrastres, hace años inutilizados por la ladera del puerto de Navacerrada a la Bola del Mundo o la cumbre del pico del Lobo, en la sierra de Ayllón; carretera de la República, en la Fuenfría; carretera iniciada desde la Morcuera; etc. Tendríamos que añadir en este capítulo de desinterés y negligencia algunas fuentes, cuidadas durante años, abandonadas más tarde, destruidas o deterioradas hasta el punto de ser apenas utilizables hoy día, como es el caso de la desconocida fuente de Santa María Egipciaca, cerca de la Cabrera, perdida entre la vegetación salvaje al pie de la sierra misma; o el de la fuente Cossio, en el puerto de la Morcuera, cuidadosamente restaurada, pero cuyo caño apenas corre; o la fuente del Collao, junto al puerto de la Hiruela, que va siendo devorada por la suciedad y el abandono; o las fuentes de A. R. de Velasco y la de Díaz Duque, en el Camino Schmid y Navarrulaque respectivamente, reconstruidas con buena intención, pero sin respetar en lo más mínimo el diseño original.

        Aún podría añadirse la para los más jóvenes enigmática huella de pequeños monumentos conmemorativos, erigidos con la euforia de un momento determinado, deteriorados por el paso del tiempo, o destruidos por la intransigencia de unos u otros, que nadie se ha interesado en reponer o restaurar. Son pocos casos, pero alguno de ellos, con la perspectiva del tiempo transcurrido, debería ser objeto de mejor trato, como, por ejemplo, la desaparecida placa en memoria de Alberto Oettli, en el Cuarto Pico, junto a la Ventana del Diablo, de la que solamente queda la huella; o la placa, también expoliada, en memoria de Giner de los Ríos, en el Tolmo, repuesta y vuelta a destruir; o el monumento a Aguinaga, en la estación de Camorritos, cuyo rótulo resulta ya casi indescifrable.

        Habría que añadir la plaga de las modernas antenas repetidoras y de comunicaciones que van invadiendo las cumbres altas, de las que van quedando tirados en el terreno abundantes restos de su construcción, reparaciones y mantenimiento,  que nadie se molesta en retirarl.

          Nuestras Sierras llevan largos años sufriendo los efectos de una prolongada actividad humana, a menudo agresiva, a veces destructiva, con el medio, de la que van quedando numerosos restos. Pero esta agresión continúa produciéndose y quizá sería el momento de analizar la incidencia de las actuaciones más modernas y lo que de ellas va quedando sobre el terreno.

Domingo Pliego Vega  (escribía ésto en Agosto del 2001)

 

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